Fines y Medios: ¿Para qué entrenamos?

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Traducido por Sergi Recio

El teléfono acaba de sonar y un joven se ha lanzado a un detallado interrogatorio sobre el aikido: ¿Qué tal se defendía contra otras artes marciales?, ¿cuánto tiempo costaba aprenderlo?, ¿y si me tenía que enfrentar a un cinturón negro de otro estilo?, etcétera. Era la lista clásica de preocupaciones que parecen atormentar a muchos aspirantes a artista marcial, y cuando ya no me pude aguantar la risa, hubo un dolido silencio al otro extremo de la línea.
Me disculpé por mi involuntario alborozo y le di la vuelta a su interrogatorio, preguntándole si le había atacado recientemente un experto en karate, cuánto tiempo creía que se tardaba en aprender cualquier cosa, como por ejemplo el piano, y
exactamente por qué tenía esa urgente necesidad de invencibilidad.
Desde luego, no son sólo los recién llegados al aikido los que albergan estas preocupaciones, y no es infrecuente encontrar a aikidoka de larga experiencia yendo disimuladamente a estudiar artes marciales más “efectivas” para cubrirse contra los “puntos débiles” que se perciben en el aikido. Luego están los fanáticos que compensan su profunda inseguridad convirtiéndose en machacadores, dando prueba de sí mismos y de la “realidad” de su enfoque cada vez que estrellan la cabeza de algún desgraciado uke contra el tatami, o les meten un sankyo que les deja doloridos durante días o semanas.
En el otro extremo están los que citan a O-Sensei sobre “el amor” y “la armonía”, desde luego sin tener su profunda experiencia, y pasan a negar que el aikido sea un arte marcial en absoluto.
Es casi como si O-Sensei hubiera sufrido un Desorden de Personalidad Múltiple, en el que en un momento dado fuera Arnold Schwarzenegger y al siguiente la Madre Teresa, dejando un legado de seguidores polarizados, dispuestos todos a citar los dichos y hechos del Gran Maestro para apoyar sus divergentes puntos de vista.
Supongo que como la mayoría de aikidoka normales, a veces tiendo a oscilar entre los extremos, pero me esfuerzo en llegar a un compromiso, en encontrar un camino que me sirva y que sea coherente con las circunstancias que me rodean. Doy gracias por tener el lujo de poder plantearme este problema, que no debe trivializarse, puesto que como seres humanos debemos hallar respuestas para la violencia o enfrentarnos a la extinción. En el microcosmos del mundo del aikido, nos enzarzamos con cuestiones que, llevadas a sus últimas consecuencias, amenazan toda la vida del planeta. Consideremos por un momento la cuestión nuclear.

Nueva Zelanda Antinuclear

Con la caída del bloque Soviético y la consiguiente desaparición de la principal amenaza que supuestamente justificaba la estrategia de disuasión nuclear de las potencias occidentales, la política antinuclear de Nueva Zelanda resultó estar adelantada a su tiempo. Cuando hace diez años nos convertimos en una nación no nuclear por ley y nos granjeamos la ira de los Estados Unidos por negarnos a aceptar las visitas de sus barcos de guerra cuando “ni confirmaban ni negaban” que llevaran armas nucleares, fuimos objeto de burlas y discriminaciones de todos los bandos.
Se trató, me complace decir que sin éxito, de forzar a Nueva Zelanda a aceptar el mismo tipo de totalitarismo internacional contra el que supuestamente debíamos estar prestos a defendernos. La “razón de la fuerza” era algo que no se discutía, del mismo modo que en la mente de algunos, parece no haber discusión respecto a que hay que esforzarse por lograr un aikido efectivo en combate, independientemente de otros factores.

¿Son realmente nobles los guerreros?

Habiendo sido toda la vida más un cavilador que un guerrero, no pretendo faltarle al respeto a estos cuando digo que no veo al combatiente como al epítome de la civilización. Estoy bastante seguro de que si, confundiéndose de siglo, un samurai se me plantara de golpe delante en la acera, o cruzaba yo la calle o acabaría destrozado enseguida.
Podéis llamarme blandengue o realista, no cuento con que mi cartera llena de danes de aikido me salvaría de una ignominiosa paliza o de una muerte prematura en tales circunstancias. Aún así, no paso las noches en vela atormentado por mis incapacidades como artista inmarcial. Más bien doy gracias por vivir en una época bastante civilizada, en la que no hace falta defenderse contra un ataque físico cada minuto.
Quizás la nobleza del guerrero significó algo en los días anteriores a la pólvora, y un entrenamiento que aspirara a desarrollar ese tipo de espíritu merecería bastante la pena. Pero no veo absolutamente nada de lo que estar orgulloso en sólo querer alcanzar habilidad técnica en luchar o en matar.
Puede parecer exagerado comparar el budo con “la Bomba”, pero me parece que es la conclusión lógica cuando se desarrolla una fijación por la efectividad. Aunque fuera posible comparar una forma de budo con otra sin tener en cuenta la cuestión de la habilidad personal, y cuesta imaginarlo, la búsqueda de la forma más efectiva sólo puede llevarnos hacia mayores conflictos, mientras que el aikido debería llevarnos en dirección contraria.
Cuando a David Lange, nuestro primer ministro cuando el debate antinuclear estaba en lo más alto, le preguntaron que pasaría si la URSS soltara una bomba atómica sobre una Nueva Zelanda que no tuviera la protección del paraguas atómico de los EE.UU., respondió inmediatamente: “Nos freiríamos”.
Lógicamente, en una guerra nuclear todo el mundo se freiría, y es decididamente vital que los países, como los individuos, encuentren alternativas a una violencia en constante escalada que sólo puede acabar en una situación en la que todos pierden. El aikido es una forma de afrontar este problema a nivel individual, y sólo es cuando hallamos paz en nosotros mismos cuando podemos ser capaces de crearla en la sociedad en general.

Cuidado con el huraño

No pretendo ser frívolo ni ofender a los artistas marciales serios cuando digo que mi lema es “La pluma es más fuerte que la espada”, pero creo que todavía hay demasiados aikidoka que confunden las prioridades cuando discuten acaloradamente sobre la efectividad marcial de las técnicas de aikido, y posponen mientras tanto cualquier intento de entender las filosofía de “El arte de la Paz”.
De paso, espero que los lectores disculparán cualquier error que pueda aparecer en mis artículos. Y confío en que nadie se quejará de que mis ocasionales intentos de humor dan una ligereza inadecuada a cuestiones que se supone que son mortalmente serias, o seriamente mortales. Al mismo tiempo, me da que la falta de sentido del humor es una de las cualidades de un artista marcial claramente errado.
Por supuesto, las palabras pueden llevar a confusión, y es difícil escribir con libertad cuando hay que estar atento a posibles malentendidos, faltas de etiqueta y ser políticamente correcto, por no mencionar las confusiones interculturales.

La Fin Et Les Moyens: Pour Quelle Raison Est-Ce Que Nous Nous Entrainons?

Le téléphone se mit à sonner et un jeune homme commença à poser des questions détaillées sur l’aikido. Comment le situer par rapport aux autres arts martiaux ? Combien de temps fallait-il pour l’apprendre ? Que se passerait-il si j’étais défié par une ceinture noire d’une autre discipline ? et ainsi de suite. C’était la liste classique des interrogations qui semblent tourmenter beaucoup des personnes souhaitant pratiquer un art martial. Et au moment où je n’ai pas pu m’empêcher de rire, il y eut un silence peiné à l’autre bout de la ligne.
Je m’excusais pour ma gaieté involontaire, et lui retournais ses questions en lui demandant s’il avait été récemment attaqué par un expert en karaté ? Combien de temps lui fallait-il pour apprendre quoi que ce soit, comme le piano par exemple, et pourquoi exactement avait-il besoin de façon aussi urgente d’être personnellement invincible ?
Bien sûr, ce ne sont pas seulement les nouveaux venus en aikido qui s’inquiètent de ce genre de choses, et il n’est pas rare de rencontrer des aikidoka de longue date s’en allant de façon dérobée pour apprendre des arts martiaux plus “efficaces”, pour se protéger de ce qu’ils perçoivent commes les “points faibles” de l’aikido. Il y a aussi les fanatiques qui vont surcompenser leur profond sentiment d’insécurité en devenant des “casseurs”, s’affirmant eux-mêmes et la “réalité” de leur approche à chaque fois qu’ils écrasent dans le tatami la tête d’un malheureux uke, ou insistent sur un sankyo qui va faire souffrir la personne pendant des jours ou des semaines par la suite.
A l’autre extrémité, il y a ceux qui citent 0-sensei sur “l’amour”, et “l’harmonie”, sans, bien sûr, partager sa profondeur d’analyse, et continuent à nier que l’aikido est un art martial.
C’est presque comme si O-Sensei souffrait d’un trouble de la personnalité multiple, dans lequel il était à un moment donné Arnold Schwarznegger et l’instant d’après Mère Thérésa, laissant derrière lui en héritage des disciples polarisés, chacun prêt à citer des mots ou actions du Grand Maître pour soutenir leurs avis opposés.
Comme la plupart des aikidoka normaux, je suppose, j’ai tendance à vaciller entre ces extrêmes selon les moments, mais je m’efforce de trouver un chemin de réconciliation pour moi-même, cohérent avec les réalités qui m’entourent. Je suis reconnaissant d’avoir la disponibilité pour envisager ce problème, qui ne doit pas être banalisé, car nous devons en tant qu’êtres humains trouver une réponse à la violence, ou faire face à l’extinction. Dans le microcosme du monde de l’aikido, nous sommes aux prises avec des questions qui, portées à leur ultime expression, menacent la vie sur toute la planète. Réfléchissez un instant à la question du nucléaire.

La Nouvelle-Zélande sans nucléaire

La politique d’une Nouvelle-Zélande sans nucléaire s’est avérée être en avance sur son temps, avec l’effondrement du bloc soviétique, et le retrait par là-même de la menace principale qui était censée justifier la stratégie de dissuasion des puissances occidentales. Quand nous sommes devenus officiellement une nation sans nucléaire, il y a 10 ans, et avons encouru la colère des Etats-Unis en refusant d’accepter les visites de ses vaisseaux de guerre, quand ils ne confirmaient ni déniaient la présence à bord d’armes nucléaires, nous étions ridiculisés et rudoyés de tous côtés.
On a tenté, sans succès à mon plus grand plaisir, de forcer la Nouvelle-Zélande à accepter le type même de totalitarisme international contre lequel nous étions supposés pouvoir nous défendre. Le droit du plus fort était simplement considéré comme allant de soi, de la même façon qu’il ne semble pas y avoir de question, dans l’esprit de certains, que l’on doive s’efforcer de pratiquer un aikido efficace pour le combat, indépendamment des autres facteurs.

Est-ce que les guerriers sont réellement nobles ?

Etant naturellement plutôt du genre à me faire du souci qu’à faire la guerre, je ne veux rien en manquer de respect au guerrier quand je dis que je ne conçois pas le combattant comme modèle de civilisation. Je suis presque certain que si, en se trompant de siècle, un samouraï bondissait brusquement sur le sentier devant moi, soit je traverserais le chemin, soit je serais instantanément anéanti.
Que vous me preniez pour un trouillard ou un réaliste, je ne m’attends de toute façon pas à ce que mon sac rempli de dans d’aikido puisse me sauver d’une raclée ou d’une mort prématurée dans un tel cas de figure. Et pourtant je ne reste pas éveillé la nuit à lutter avec mes insuffisances en tant que pratiquant d’art martial, et je me sens plutôt reconnaissant de vivre à une époque à peu près civilisée dans laquelle il n’est pas nécessaire de se défendre à chaque minute contre une attaque physique.
Peut-être que la noblesse du guerrier signifiait quelque chose avant l’apparition de la poudre à canon, et s’entraîner en vue de développer cet état d’esprit peut être louable, mais je ne vois aucune raison d’être fier à simplement chercher à atteindre une habileté technique à combattre ou à tuer.
Cela peut paraître excessif de comparer l’aikido à “la Bombe”, mais j’ai l’impression que c’est la conclusion logique quand on développe une fixation sur la notion d’efficacité. Même s’il était possible de comparer une forme de budo à une autre, sans prendre en compte la question de l’habileté individuelle, ce qui est difficile à imaginer, la chasse au style le plus efficace ne peut conduire qu’à un conflit plus grand, alors que l’aikido devrait nous emmener dans la direction opposée.
Quand on demanda à David Lange, qui était notre Premier Ministre au plus fort du débat sur le nucléaire mentionné ci-dessus, ce qu’il adviendrait si l’URSS lachait une bombe atomique au-dessus de la Nouvelle-Zélande qui n’avait pas la protection du bouclier nucléaire américain, il répondit immédiatement :” nous nous mettrions à frire.”
De toute évidence, dans une guerre nucléaire tout le monde se mettrait à frire, et il est certainement vital que les pays, comme les individus, trouvent des alternatives à la perpétuelle escalade de violence qui ne peut se terminer quand une situation de perdants ex-aequo. L’aikido est une des façons de s’attaquer à ce problème à un niveau individuel, et c’est seulement quand nous trouverons la paix en nous-mêmes que nous serons capables de la créer dans la société en général.

Attention aux gens sans humour

Je n’ai pas l’intention d’être complètement frivole ou de choquer ceux qui pratiquent sérieusement les arts martiaux quand je dis que ma devise est “le pénis plus puissant que le sabre” (note du traducteur: intraduisible jeux de mots en Anglais entre ‘the pen is mightier’- le stylo est plus puissant - et ‘the penis mightier’ - le pénis plus puissant -). Mais je pense qu’il y a encore beaucoup trop d’aikidoka qui n’y voient pas clair dans leurs priorités quand ils argumentent avec véhémence à propos de l’efficacité martiale des techniques d’aikido, et remettent à plus tard toute tentative de comprendre la philosophie de “l’Art de la Paix” pendant ce temps.
A ce propos, j’espère que les lecteurs pardonneront les fautes d’impression qui peuvent apparaître dans mes articles. Et je crois que personne ne protestera que mes tentatives d’humour occasionnelles apportent une légèreté excessive à de sujets supposés être mortellement sérieux, ou sérieusement mortels. En même temps, je suis frappé par le fait que l’on peut mesurer un pratiquant d’art martial réellement malavisé par son manque de sens de l’humour.

Ends and Means: Why are we training?

The telephone just rang and a young man launched into a detailed inquiry about aikido. How did it stack up against other martial arts? How long did it take to learn? What if I was challenged by a black belt in another style? and so on. It was the classical catalog of concerns that seem to torment many aspiring martial artists, and when I could not prevent myself from laughing, there was a pained silence at the other end of the telephone line.
I apologized for my involuntary mirth, then reversed his questions and asked whether he had recently been attacked by a karate expert? How long he thought it took to learn anything, such as the piano, and why exactly he was in such urgent need of personal invincibility?
Of course, it is not only newcomers to aikido who entertain these concerns, and one not infrequently encounters aikidoka of long experience sneaking off to learn more “effective” martial arts to cover themselves against the perceived “weak points” of aikido. Then there are the fanatics who overcompensate for their deep insecurity by becoming crunchers, proving themselves and the “reality” of their approach every time they smash some unfortunate uke’s head into the mat or crank on a sankyo that leaves someone in pain for days or weeks afterwards.
At the other extreme are these who quote O-Sensei on “love” and “harmony,” without, of course, sharing his depth of insight, and proceed to deny that aikido is a martial art at all.
It is almost as if O-Sensei suffered from a Multiple Personality Disorder in which he was Arnold Schwarzenegger one moment and Mother Teresa the next, leaving a legacy of polarized followers, each ready to quote the Grand Master’s words or deeds to support their opposing views.
Like most normal aikidoka, I suppose, I tend to wobble between the extremes at times, but strive to find a path of reconciliation for myself consistent with the realities around me. I am thankful to have the leisure to contemplate this problem, which is not to be trivialized, since we must as human beings find an answer to violence, or face extinction. In the microcosm of the aikido world we grapple with questions that, carried to their ultimate expression, threaten all life on this planet. Consider the nuclear question for a moment.

Nuclear Free N.Z

New Zealand’s nuclear free policy has turned out to have been ahead of its time, with the collapse of the Soviet bloc and the removal thereby of the main threat which was supposed to justify the Western powers’ strategy of nuclear deterrence. When we became a nuclear-free nation by law, ten years ago, and incurred the wrath of the United States by refusing to accept visits by its warships when they would “neither confirm nor deny” they were carrying nuclear weapons, we were the subject of ridicule and bullying from all sides.
The attempt was made, unsuccessfully I am pleased to say, to force New Zealand to accept the very kind of international totalitarianism that we were supposed to be ready to defend ourselves against. That “might was right” was simply taken for granted in the same way that there is seen to be no question, in some people’s minds, that one should strive for combat-effective aikido, regardless of other factors.

Are Warriors Really Noble?

Congenitally more of a worrier than a warrior, I mean no disrespect for the latter when I say that I do not see the fighting man as the epitome of civilization. I am quite sure that if, mistaking his centuries, a samurai should suddenly leap out on the footpath in front of me, I would either cross the road or be instantly demolished.
Call me a wimp or a realist, I do not expect my grab-bag full of aikido dan grades would save me from an ignominious drubbing or premature demise in such a scenario. Yet I do not lie awake at night wrestling with my inadequacies as a martial artist, and feel thankful, rather, that we live in fairly civilized times where it is not necessary to defend oneself from physical attack every minute.
Perhaps the nobility of the warrior meant something in pre-gunpowder days, and training with a view to developing that sort of spirit may be quite worthwhile, but I see absolutely nothing to be proud of in merely seeking to attain technical skill in fighting or killing.
It may seem extreme to compare budo with “the Bomb,” but I feel this is the logical conclusion when one develops a fixation on effectiveness. Even if it were possible to compare one form of budo with another, without considering the question of individual skill, which is hard to imagine, the hunt for the most effective form can only lead towards greater conflict, whereas aikido should take us in the opposite direction.
When David Lange, our Prime Minister at the height of the nuclear free debate mentioned above was asked what would happen if the USSR dropped an atomic bomb on a New Zealand that did not have the protection of the US nuclear umbrella, he answered immediately: “We would fry.”
Obviously, in a nuclear war everyone would fry, and it is surely vital that countries, like individuals, must find alternatives to ever-escalating violence that can only end in a lose-lose situation. Aikido is one way of tackling this problem on an individual level, and it is only when we can find peace in ourselves that we shall be able to create it in society at large.

Beware the Humorless

I do not mean to be entirely frivolous or offensive to serious martial artists when I say that my motto is “The Penis Mightier than the Sword,” but I think there are still far too many aikidoka who have their priorities confused when they argue intensely about the martial effectiveness of aikido techniques, and postpone any attempt to understand the philosophy of “The Art of Peace,” in the meantime.
By the way, I hope readers will forgive any misprints that may appear in my articles. And I trust no one will protest that my occasional attempts at humor lend undue levity to subjects that are supposed to be deadly serious, or seriously deadly. At the same time, it strikes me that one of the measures of a truly misguided martial artist is the lack of a sense of humor.
Of course, words can be misleading, and it is difficult to write freely when one must be always on the lookout for possible misunderstandings, breaches of etiquette and political correctness, not to mention cross-cultural confusion.