Fernando Sánchez Dragó

 

Hay quien sospecha -no sin buenas razones- que soy un agente a sueldo del Mikado... Se equivocan: no cobro ni un yen. Mi labor de zapa es gratuita.

He sido un adelantado. Pisé por primera vez tierra nipona en 1967 y no tardé en llegar a la certidumbre de que la especie humana se dividía en dos gajos: el japonés y el del resto del mundo. ¿Razones? Tantas como para llenar una colección de libros de ética, de estética, de Historia, de sociología y de futurología. He aquí algunas...

Japón se rige por el bushido o código de conducta de los samuráis. Nadie miente, no hay picaresca, no existe la chapuza, todo el mundo cumple con su deber. Imaginen el resultado.

La educación es exquisita. El sentido del respeto, también. No se ven cacas de perro por las calles ni pintadas en las paredes. Nadie grita. Todos sonríen. En siete años (no consecutivos) de vida japonesa jamás he presenciado una pelea.

Sigue allí vigente la única cultura arcaica -entiéndase el adjetivo como un elogio- de la historia de la humanidad que no ha sido degradada, disecada y transformada por la codicia en objeto arqueológico, en letra muerta, en parque temático, en museo de figuras de cera, en derrota del esprit de finesse y del sentido común.

Conclusión estrictamente personal que poco a poco, al parecer, va calando en el prójimo: la arquitectura, la pintura, la decoración, el mobiliario, el ritmo de la vida, los usos y costumbres, el carácter, el arte de Lúculo y, en líneas generales, la organización de la sociedad japonesa me parecen considerablemente superiores a los de cualquier otro lugar del mundo. Quien, como yo, ha vivido -no hablo de quienes llegan allí como turistas- en Japón, ya no se acostumbra a vivir en ninguna otra parte.

¿Exagero? Muy bien. Pregunten por ahí, y a ver qué pasa. Yo, por ejemplo, escribo estas líneas enfundado en un yukata, tengo al alcance de mi mano una taza de té verde, voy a cenar sushi regado con saké en compañía de un amigo residente en Osaka y antes de acostarme me sumergiré en el furo. Palabra.

¿Tiene, en consecuencia, algo de particular la niponmanía en cuarto creciente que invade nuestra cultura y nuestro modo de vivir y de sentir? Japón es el último baluarte de la utopía. Si lo imitamos, quizá nos salvemos. Si lo ignoramos...

Allá ustedes.

Fernando Sanchez Dragó